Entre Columnas
Sismos.
Martín Quitano Martínez
twitter: @mquim1962
“No sabes lo fuerte
que eres hasta que ser fuerte es
la única opción que te queda“
Bob Marley
Vivir la adversidad, convivir
en la adversidad se nos ha hecho demasiado cotidiano, casi natural. Asumir las
condiciones existentes nos ha endurecido o nos ha vuelto indiferentes. No,
también adoptar la serenidad es un salvoconducto para la sobrevivencia, las
circunstancias críticas obligan a acomodarnos, nos han vuelto resilientes ante
nuestras tragedias.
Un mes patrio que sumó a nuestras
desventuras políticas, sociales y económicas, una serie de fenómenos naturales
que golpearon zonas muy importantes del país resaltando nuestra fragilidad en
seguridad constructiva, la improvisación derivada de la pobreza y la estulticia
de la ambición.
Los huracanes y los sismos han
puesto nuevamente a prueba la capacidad de respuesta de los gobiernos, los
reflejos de la clase política frente a los desastres, la oportunidad de las
empresas y los órganos de la sociedad civil para organizar la respuesta y
enfrentar las desgracias.
Por sobre todo se ha dejado
constancia del coraje y el ímpetu colectivo que ha provenido de la
improvisación ciudadana organizada para ayudar y dar soluciones, movida
únicamente por una solidaridad que se ha vuelto proverbial para el imaginario
mundial. Un conjunto de seres humanos desconocidos, movido por el interés
general, que no sin conflictos logra sobreponerse a sus diferencias y avanzar
en el mismo sentido: ayudar.
Septiembre nos ha marcado de
nuevo de manera brutal, los daños de los sismos han sido muy altos, desde el 7
hasta hoy los temblores han dejado sin vida a cientos y en la mayor precariedad
a miles. El dolor es fuerte de muchas maneras. Más de 50 millones de mexicanos
hemos sentido el más potente temblor en 100 años. La naturaleza nos repitió la
dosis de tragedia el mismo día que hace 32 años, otro 19 de septiembre para recordarnos
nuestra fragilidad, como si el otro ya lo hubiéramos olvidado. Pero también nos
devolvió el orgullo de la solidaridad que parecía perdida, profundamente oculta
por el desinterés, por la apatía. Se muestra, se despliega para absorbernos,
para sorprender y comprometernos.
La reconstrucción implica una
prueba más para los gobiernos y para una sociedad que puede y debe reconstruir
no solo los cimientos derrumbados de sus casas y edificios, sino
particularmente recomponer y retirar los escombros de las formas obsoletas del
quehacer público, desechos de una nación en desastre.
De que podemos ser capaces los
mexicanos, que posibilidades tenemos de organizarnos han sido plenamente
demostradas. ¿Nuestros políticos estarán a la altura de sus ciudadanos? Hagamos
efectivo nuestro poder ciudadano para que mejoren nuestras circunstancias
generales.
El ímpetu de amplios sectores
sociales para apoyar generosamente a los que padecieron de peor manera los
eventos naturales es replicable como un ejercicio que se reivindique en
consecuencias sociales de transformación real ante los eventos trágicos de una
sociedad, porque la reconstrucción que urge también es la de una nueva cultura
política de los ciudadanos que abra una nueva oportunidad a nuestro país.
Que se derrumben los vicios
institucionales que han permitido la corrupción y la impunidad, que se
reconstruyan sobre cimientos sólidos y alternativos para una sociedad que no
puede continuar pagando los platos que no ha roto.
Entender la reconstrucción que
se merece nuestra nación pasa no solo por atender la emergencia de los hoy
damnificados sino también por plantearse la reparación que los sismos de
comportamientos ofensivos y reglas ventajosas para unos han dejado y que han
afectado a millones.
La puja social por los cambios
se ha hecho manifiesta en muchas ocasiones, los hartazgos ante las condiciones
prevalecientes y las vivencias cotidianas tienen que ser atendidas, el
septiembre del 85 dejó una estela de fortalezas sociales que se irradiaron como
aires frescos para el país, esperemos que las respuestas sociales a las
tragedias de este 2017 también nos den
la oportunidad de airear y cambiar, de desmontar los engranajes de un sistema
al que los sismos también, sin duda, han fracturado.
LA BITÁCORA DE LA TÍA QUETA.
Demostrado
el adeudo, habrá que pagar.

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